Thursday, April 27, 2006

INSTITUTAS

INSTITUTAS
Gustavo Adolfo Coronel Villalba
Institutas: tal es la traducción que se hace comúnmente a la palabra latina instituciones, que los jurisconsultos romanos daban con mucha frecuencia por título a los tratados elementales de ius. Ferriere ha disertado largamente en su historia del derecho sobre esta materia.
Este autor hace varias reflexiones sobre la traducción más propia que en francés debe hacerse de la palabra latina institutiones, pues se usan casi indistintamente instituts e institutes. La segunda denominación se hallaba recibida en el norte de Francia, donde aún se conserva; y la primera se ha usado, y se usa todavía, en los países donde regía la ley romana. Entre nosotros se usan indistintamente Institutas e Instituciones, y aún el singular Instituta, para expresar alguna en particular. La palabra Institutas puede haber sido tomada del francés o del latín deformado de la Edad Media: la palabra Instituciones procede inmediatamente del latín.
Hay pocas personas que por Institutas o Instituciones entiendan otra cosa que la obra promulgada por el emperador Justiniano; sin embargo, debe generalizarse el sentido. La denominación de Instituta formaba un título consagrado en jurisprudencia romana para indicar los tratados en que se explicaban de un modo fácil y metódico los principios y los elementos del derecho; esta clase de obras se encuentra en lo que he denominado el siglo de la ciencia, que inicia con Adriano y finaliza con Alejandro Severo, cuando los más renombrados jurisconsultos no dejaron de escribirlos y de iniciar en los primeros pasos de las leyes a los que se dedicaban a su estudio. Las Instituciones de Justiniano no fueron más que una imitación, y las más de las veces una copia de las que la habían precedido.
Las Instituciones, cuya existencia ha llegado a nuestro conocimiento, corresponden todas al período de setenta años, que separa el gobierno de Antonino Pío del de Alejandro Severo, y son las siguientes:
Instituciones de Gayo, compuestas de cuatro libros con la denominación de comentarios, cuya magistral traducción fuera realizada por Di Pietro;
Instituciones de Florentino, en doce libros;
Instituciones de Calistrato, en tres libros;
Instituciones de Paulo e Instituciones de Ulpiano, cada una en dos libros:
Y por éltimo, las Instituciones de Marciano, de dieciseís libros.
Estas son las Instituciones romanas que han tenido origen en Italia, mejor dicho, a orillas del Tíber, en Roma. Las Instituciones de Justiniano, que aparecieron tresciento años depués, son verdaderamente Instituciones Bizantinas, nacidas en suelo asiático, a orillas del Bósforo, en el palacio imperial de Constantinopla.
Cuando se estudian unas y otras, no se puede dejar de notar la diferencia de origen, pueblo y por ende civilización.
De todas estas Instituciones sólo las primera y las últimas, han llegado a nosotros, es decir, conforman el principio y fin de la lista. Comparándolas podemos apreciar la transición que se operó en las constumbres e instituciones.
Con respecto a las demás, sólo llegaron hasta nosotros por fragmentos que son mencionados en el Digesto.
Las Instituciones de Gayo habían sufrido la suerte común; y de este maestro del derecho, pues no podemos decir que se tratara de un jurisprudente al no conocérsele responsa alguna, sólo las conocíamos por su título y por algunas citas, hasta que una feliz casualidad descubrió su obra, y después de más de quince siglos vieron la luz.
Los bárbaros que se habían establecido en las Galias, los visigodos, habían escrito en su colección oficial de leyes romanas, a la que se ha dado el nombre de Breviario de Alarico, algunos fragmentos, y más comunmente un análisis mutilado de sus Instituciones. Los jurisconsultos de la escuela de Cujacio, y principalmente su ilustre discípulo Pithú, sacaron estos fragmentos y estos análisis, y los reunieron y publicaron en un volumen: esto era todo lo que poseíamos con el nombre de Epítome de las instituciones de Gayo.
Sin embargo la Instituciones sobrevivieron; la Edad Media las había poseído en multitud de manuscritos. Uno de e los se hallaba en Italia. Un fraile, en tiempo de la barbarie europea, lava y raspa un pergamino, sobre el que escribe una obra sagrada, las Epístolas de San Jerónimo; este volumen ocupa un lugar en la biblioteca del convento, y muchos siglos después, en 1816, el ayuntamiento de Verona lo poseía.
Allí lo reconocieron dos ilustres alemanes, Niebohur y Savigny. Después de reiteradas tentativas se consiguió poder descifrar el antigu manuscrito y presentar al mundo, casi íntegramente, las veraderas Instituciones de Gayo.
Las mismas se refieren a los tiempos de Antonino Pío (138-161) y de Marco Aurelio (161-180). El derecho de aquella época se encuentra en ellas expuesto sin la menor alteración y en toda su pureza, tal como se hallaba entonces, y las revelaciones que comprende no se aplican sólo al derecho, sino que se extienden a las costumbres, a las instituciones, y en una palabra, a la sociedad de aquellos tiempos bajo casi todas sus faces interiores y exteriores.
En cuanto a las Instituciones de Justiniano, que en el bajo imperio le llamaron Instituta en vez de Instituciones, y aún simplemente elementa, corresponden a una sociedad absolutamemnte diversa. El emperador ya había promulgado el código de las constituciones imperiales; había hecho que se diese inicio a la Pandecta o Digesto, que adelantaban rápidamente, cuando dispuso la formación de sus Instituciones, que fueronsacads, como él mismo dice, de todas las antiguas, y sobre todo, de las de Gayo. En efecto, hoy que podemos compararlas vemos que las Instituciones de Justiniano fueron en cierto modo calacdas sobre las de Gayo; la distribución de materias es la misma y una infinidad de pasajes son idénticos en ambas.
Redactadas bajo un mismo plan, están divididas en cuatro libros, como las de Gayo en cuatro comentarios; pero el emperador ve otro motivo para dividirlas así: había, según sus propias expresiones, dividido el Digesto en siete partes, "en consideración a la naturaleza y armonía de los números", divide, pues, las Institutas en cuatro libros, para que se encuentren los cuatro elementos... de la ciencia. Se ve el arte cabalístico en un caso, y en otro un juego de palabras.
Las Instituciones, cuya redacción se había terminado inmediatamente, fueron confirmadas por el emperador el 22 de Noviembre de 533, asegurando él mismo haberlas visto y releído. La confirmación del Digesto se verificó un mes después, el 16 de Diciembre; pero estas dos obras recibieron su sanción legal en la misma época, el 30 de Diciembre de 533.
Se ha dicho con razón que las Instituciones de Justiniano ofrecen un doble carácter; es un texto de leyes, pues fue promulgado por un legislador, y es al mismo tiempo un libro elemental, porque Justiniano ordenó que se compusiera precisamente para facilitar la enseñanza y el estudio del ius. Era el libro de los maestros que debían enseñarlo, y el de los alumnos que debían aprenderlo. De aquí procedieron todos los esfuerzos de juristas, maestros y alumnos para exponer su sentido e interpretar sus términos.
Estos esfuerzos se iniciaron con las mismas Instituciones de Teófilo, maestro en Constantinopla, y uno de los tres redactores de las Instituciones, publicó de ellas una paráfrasis griega, escrito muy estimable, cuya autenticidad ya no se puede poner en duda, y cuyo origen contemporáneo lo coloca entre los monumentos del derecho. Después de ello se hicieron tantos comentarios de las Instituciones, que al decir de Eunapio "formarían la carga de muchos camellos". Por ello en 1701 se publicó una obra que tenía por título De la Deplorable multitud de los comentarios de las Instituciones.
Algo fundamental: las Instituciones de Justiniano no pueden separarse de las de Gayo; en ésta hallamos nacionalidad, actualidad del tiempo de Marco Aureli; en las otras la nacionalidad y actualidad del tiempo de Justiniano; llenando depués las intervalos que las han precedido o que las separan con restos de monumentos legislativos que han llegado hasta nosotros, nos es posible recosntruir en sus diversas edades la antigua sociedad romana.
Lo que convirtió en grande al derecho romano no es que fuera hecho por hombres diferente s a nosotros, sino que lo forjaron hombres como nosotros. Ellos no tenían nada de sobrenaturales, pues, si lo hubieran sido, nos faltarían razones para admirarlos

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